
Comedia del Arte
Bufones, cómicos, caricatos, saltimbanquis, jongleurs, llámeseles como se les llame, son payasos.
Podríamos decir que un payaso se mueve entre tres parámetros:
La olla, la libertad y el oficio. El orden puede ser alterado según el payaso.
La olla es una necesidad, y yo diría, la necesidad primera de cualquier ser inteligente como el payaso. Comer, yantar, disfrutar de la comida o, simplemente, comer por necesidad. Actuar, cobrar, comer y viajar. Moverse para volver a actuar, cobrar, comer, y volver a viajar.
La libertad, imprescindible para muchos, aunque vivan presos, en fin, el humor del que se está jugando la vida.
Y el oficio… Otros lo llaman sinceridad, honestidad. La necesidad de hacer bien su trabajo. Un ejercicio espiritual casi siempre disciplinado.
No se sabe cuándo empezó este oficio, ni dónde. Pero conservamos en la Ilíada de Homero al bufón Tersites, quien en los banquetes de los griegos, durante los descansos de la guerra de Troya, al decir las verdades, hacía enfadar siempre a Agamenón y a todos los reyes. (El humor es un arma más poderosa que la ira). Es Ulises, “el de los 1.000 ardides” el que reconoce este poder y el que lo acalla. Posiblemente es el primer estacazo a un payaso.
En la cultura greco-latina los payasos aparecían en los intermedios o al final de las obras teatrales, parodiándolas. O en las casas de los patricios y nobles, amenizando con sus chanzas y filosofías los banquetes. No cobraban un sueldo, pero comían. Llegaron a haber tantos y con tan buen hacer, que a este nuevo oficio se le adjudica un nuevo nombre: “Parásitos”, de donde procede la otra acepción tan conocida y divulgada.
Cuando el emperador romano se convierte al cristianismo y hace de éste la religión oficial (no será la única vez que el cristianismo marque un rumbo en los payasos), se prohíben los teatros y las Atelanas que se celebraban en calles y plazas. La necesidad obligó a los payasos a convertirse en nómadas.
Y llegó la Edad Media. En aquel entonces había un espacio importantísimo: la feria. Se celebraban en los primeros lugares y podían durar semanas. Las gentes vendían y compraban, y sobre todo, había comida. Y en este ámbito (alrededor del fogón) aparecen los que serían conocidos como “gleemen” en Alemania, “jongleurs” en Francia, ”clowns” en Inglaterra. Todos ellos conocidos como bufones. Eran hombres fuertes, atléticos. Podían ser acróbatas, músicos, magos, domadores. Y les encantaba su libertad y los huevos fritos con chorizo. Hay constancia de ello.
Otro tipo de bufón se da en las cortes de la Edad Media. Aunque la mayoría se limitaba a la fiesta, a la holganza y la pitanza, había quien alcanzaba la categoría de consejero. Son ejemplo de ello: Jeffery Hudson, bufón de Carlos I de Inglaterra; el bufón Pierna Barbarroja de la corte española, pintado por Velázquez; o Triboulet, bufón de Francisco I de Francia. En una ocasión, Triboulet fue amenazado de muerte. Al decírselo al rey, éste le contestó que no se preocupara, que si alguien osara matarlo, sería ahorcado media hora después. Entonces Triboulet, preocupado, respondió: “¿No podríais colgarlo media hora antes?”
En el siglo XVI existían compañías de actores que iban de corte en corte, cobrando por las representaciones, danzas y comedias cómicas. Las farsas principales eran los conflictos entre amos y siervos (tal vez el comienzo de la pareja de payasos).
El Concilio de Trento, celebrado de 1500 a 1560 (caramba, otra vez la Iglesia), prohíbe a los cardenales, obispos, y a todo aquél que trabajase en las cortes, tener una cortesana oficial. Este oficio no era el de simple puta. Las cortesanas estaban educadas con mucho refinamiento. Conocían el latín y el griego. Sabían de poesía, danza y conocían a Platón. Esta prohibición les dejó sin sus protectores.
Y entonces dos formas de vivir y vender se unen. Los hombres vendiendo productos bufonescos, y las mujeres, productos culturales de alto nivel.
Alguien tuvo la feliz idea de que existía gente dispuesta a pagar una entrada por ver espectáculos que antes sólo se representaban en las cortes. Y apareció la Comedia del Arte. Arte entendido como gremio, oficio.
Aparecen los personajes: Arlequín, que lleva un vestido de parches multicolores en forma de rombos. Polichinela viste de blanco y con gorro puntiagudo. El Doctor, El Capitán, Brighella… En Francia aparece Pierrot, de cara blanca. Todos influirían en la creación del payaso moderno.
Los grandes autores escriben para estos personajes: Molière, Rabelais, quien resucitó a Triboulet, y Shakespeare, que los elevó a la categoría de inmortales dándoles voz en casi todas sus obras.
Pero la gran revolución en el mundo de los payasos sucede cuando Philip Astley crea en 1768 el primer circo moderno. En él se unen, por un lado el personaje de la comedia del Arte, y por otro, los bufones de la calle, dando como resultado el payaso moderno. Y nacen con una característica que más tarde Freud definió: “El humor del payaso no se resigna, desafía. Implica no solamente el triunfo del Yo, sino el principio del placer, que halla en él el medio de afirmarse, a pesar de las desfavorables realidades exteriores”.

Grimaldi
Dicen, los que saben, que posiblemente Grimaldi, nacido en 1778, y que llegó a ser tan famoso que Charles Dickens escribió su biografía , fue el primer payaso moderno.
Y desde entonces Tony Grice, Antonet, Grock, Beby, Alex y Rico, Karandash, Fratellini, Pompoff y Theddy, Charlie Rivel, Lou Jacobs, Emmett Nelly; y los actuales Oleg Popov, Dimitri, Colombaioni, Georges Carl, Darío Fo (premio Nobel de literatura); los cinematográficos Chaplin, Keaton, El Gordo y El Flaco, Los Hermanos Marx, Jacques Tati; los valencianos Hermanos Díaz, Los Pajares, PTV Clown, Payasos Pla y Pla y miles más han demostrado su oficio.

Los Hermanos Marx
Todos ellos con una particularidad: la superioridad de un Yo al que ni sus defectos, ni sus particularidades morales consiguen robar la alegría y la seguridad en sí mismo.
Hoy el payaso ha recuperado la calle y la plaza. Posiblemente allí se encuentre la olla: entre las brasas de ese gran mecenas que es la administración pública.
Llegando al final, habrá podido comprobar, cansado lector, que no he nombrado para nada a los niños. Ni la bondad del payaso. Ni su carácter infantil. Ni… esa almibarada imagen del payaso que desde los años cincuenta se nos ha querido presentar.
El motivo es sencillamente que históricamente y artísticamente el payaso sólo trabaja para un PÚBLICO (con mayúsculas), tratándolos a todos como adultos, lo sean o no, sin boberías ni simplezas. Como diría Georges Orwell, “el payaso es algo más que la simple diversión, que es la felicidad de los que no pueden pensar”.
Muchas gracias por su atención. Les dejo, que tengo preparada la cazuela. ¿Gustan?